Cómo salvar al mundo

septiembre 27, 2009

Es imposible expresar cualquier diferencia sin cometer un pecado. Para la cultura oficial, ser de oposición es una mancha

alberto_barrera_thumbHay un equis que piensa que la única solución del país es clínica. Después de un tiempo, ya se ha resignado. Cree que una enfermedad puede llegar antes que el imperio. Confía más en la próstata de Chávez que en la oposición.

La idea de que la oposición es frágil, débil y errática, casi es un lugar común. Esta certeza social, por llamarla de algún modo, funciona gracias a una sistemática estrategia del poder en contra de cualquier expresión divergente, pero también gracias a las propias acciones del algunos sectores de la dirigencia que adversa al Gobierno. Vista desde estos dos lados, una gran tragedia venezolana tal vez resida en que cada vez más gente está descontenta o en contra del Gobierno, pero cada vez menos gente quiere ser considerada de oposición. Sobre esta paradoja, quizás, también ahora respira el país.

El primer problema se encuentra justamente en el término. Desde sus inicios, el Gobierno satanizó de manera virulenta la palabra oposición.

Aunque parezca curioso, repitieron el esquema que los partidos tradicionales de la cuarta república le aplicaron durante años a la izquierda radical. Los acusaron de minoritarios, de violentos, de subversivos, de desestabilizadores… Busque usted un solo adversario del proyecto bolivariano que sea medianamente respetado por el Gobierno. No lo encontrará. No existe. Todos han sido arropados de inmediato por la primera censura: aquella que sentencia que si eres distinto puedes perder tu trabajo, tus beneficios sociales, tu seguridad, incluso tu libertad. Sobre ese miedo pretende fundarse el socialismo del siglo XXI.

Una cita: “El poder emplea el concepto de oposición para definir la más grave acusación que se pueda pensar: es sinónimo de la palabra enemigo; acusar a alguien de oposición es como decir que proyecta derribar al gobierno y acabar con el socialismo (estando naturalmente a sueldo de los imperialistas)”. Aunque podrían ser suyas, las comillas no le pertenecen a Ismael García.

Estas frases las escribió Vaclav Havel, aludiendo a los tiempos de control y dominio del imperialismo soviético sobre Checoslovaquia. Con las distancias del caso, así también actúa nuestro gobierno. Como una secta religiosa que acusa, fustiga y acorrala a los impíos, a quienes se atreven a tener otros dioses, a no reverenciar devotamente el altar de Hugo Chávez. De esta manera, es imposible expresar cualquier diferencia sin cometer un pecado. Para la cultura oficial, ser de oposición es una mancha moral, una vergüenza. Arrepiéntete antes de que sea demasiado tarde.

Pero, del otro lado, la dirigencia de algunos sectores que políticamente adversan el proyecto chavista, parece empeñada en demostrar que el gobierno tiene razón, que la alternativa al chavismo sólo representa el caos. Resulta sorprendente observar cómo, aun desde la debilidad, se persiste en las peleas intestinas, en las rencillas por diminutas rendijas de poder, en las divisiones. En eso, ellos también se parecen a la izquierda radical de los años de la cuarta república. El espectáculo de Un Nuevo Tiempo y Leopoldo López, las batallas internas en Copei, las maniobras personales, los pactos incomprensibles, los silencios inexplicables…A veces, da la sensación de que el único espacio donde esa dirigencia parece estar unida es en la pantalla de Globovisión ¿Acaso sólo ahí la unidad puede tener rating? Del otro lado, también, proliferan grupos dedicados a trabajar sobre el diseño del futuro. También puede resultar asombroso el festival de Think Tank que andan trabajando en la “Venezuela post Chávez”. No desdeño la importancia de una labor como ésa, tan sólo denoto su destiempo, la facilidad con que se da por sentada la tarea más difícil: hacer política hoy, construir un proyecto y un poder alternativo en las circunstancias más difíciles.

Pretenden dirigir la resistencia a control remoto, desde el porvenir. Pero la historia ocurre ahora. Y en ese ahora, la experiencia ciudadana parece estar, cada vez más, a la intemperie.

Por supuesto que no es fácil ser oposición. Menos, frente a un poder que no tiene escrúpulos, que se piensa desde la eternidad, que produce y distribuye sin ningún pudor su propio sistema de exclusión. No es fácil asumirse como parte de un grupo al que el Presidente sólo conjuga con el verbo “pulverizar”. Por eso, Julio César Rivas está en Yare. Ahí lo tiene el culillo oficial. Preso.

Su delito es tener 22 años de edad y protestar. Mientras, Chávez está en Nueva York, pregonando la democracia verdadera, hablando de la paz, de la libertad, de la urgente necesidad de salvar al mundo.

abarrera60@gmail.com


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