En los predios de Juan Charrasqueado

febrero 28, 2010

No hubo un solo discurso que fuera más allá de los lugares comunes, ni una intervención seria que sugiriera trabajo previo, reflexión, pensamiento innovador. No hubo ideas, en una palabra. Todos naufragaron en la misma balsa de la monotonía y en las quiméricas promesas de la integración regional. El tedio lo rompieron los presidentes de Venezuela y Colombia que protagonizaron un episodio digno de ay, Jalisco no te rajes. O de los tiempos de Juan Charrasqueado.

Al reclamo del colombiano sobre lo que llamó “bloqueo comercial de Venezuela”, Hugo Chávez Frías contestó que Venezuela negocia con quien le da la gana, y dio por cerrada la discusión. A lo cual Uribe Vélez ripostó: “Sea varón”.

Entonces, Chávez le gritó: “Vete pa’l carajo, Uribe”.

El episodio, desusado en cumbres de jefes de Estado, donde protocolos y galas hacen su agosto, le dio la vuelta al mundo y Facebook y Twitter se encargaron de llevar a los presidentes hasta confines que no previeron. En lugar de un Manual de protocolo, los presidentes sintieron el apremio del tratado de La esgrima moderna de José Gil Fortoul. Espadas y floretes serán armas de primera necesidad en los futuros encuentros.

El historiador venezolano era un erudito en duelos y en armas para la ocasión.

No se trataba de una república escolar. No, era la Cumbre de la Unidad de América Latina y del Caribe, solemne, retórica y vacía denominación que ocultaba la falta de propósito. Porque estaba muy cerca, el presidente de Cuba, general Raúl Castro, evitó que los protagonistas del violento encuentro se fueran a las manos.

Considerando que Hugo Chávez Frías ha pasado su vida en ejercicios castrenses, como paracaidista y jefe de ejércitos blindados, y Álvaro Uribe Vélez en los de la mente y los ejercicios de buen jinete, no es temerario imaginar el epílogo de tan descomunal combate. Uribe estaría hoy muerto y Chávez en una cárcel dependiente del Tribunal Penal Internacional, en alguna montaña de Suiza.

De modo que Uribe le debe la vida a Raúl Castro, y Chávez le debe la libertad. Una deuda que los compromete y los obliga. “Cómo puede esto suceder entre presidentes”, cuentan que exclamó Castro.

Bueno, la historia también contrajo otra deuda adicional, pues habría sido verdaderamente devastador que una cumbre de la unidad latinoamericana se hubiera convertido en los funerales de la Mamá Grande con un muerto de tanta prosapia, y los venezolanos huérfanos y desconsolados sin saber qué hacer con el socialismo del siglo XXI. Gracias, pues, al general Castro. Bastó su mirada de hierro (fría) para que los contendores retornaran a sus respectivas condiciones de jefes de Estado.

Estuvo a punto de fracasar (al nacer) la idea de la gran organización de América Latina y el Caribe “sin Estados Unidos y Canadá”. Los pesimistas dijeron que el episodio no era más que el retrato en familia de América Latina y el Caribe, y que ese cuento de “la unidad sin Estados Unidos y Canadá” no es más que un cuento. Como escribió Denis Diderot: “Este no es un cuento y otros cuentos”. Y así podría escribirse de la integración. ¿No es un cuento? Los destructores de la Comunidad Andina de Naciones ¿pueden, acaso, hablar de integración? ¿O pueden hacerlo los de Mercosur, que no termina de resolver sus pequeños conflictos o sus desigualdades? ¿O los de la Unasur? Los presidentes aprobaron la Declaración de Cancún y, además, un papel de trabajo donde, más o menos, se dibuja, en tonalidades tan grises que son apenas perceptibles, lo que podría ser designio de unión, comunidad, organización, mecanismo de la unidad… Quizás esta última palabra sea la preferida. Así se llamó al Grupo de Río. Estuve entre sus fundadores, todavía joven: “Mecanismo de consulta y concertación”. Flexible, amplio, diverso, como las palabras mágicas lo definían. Consulta y concertación, o sea, primero el intercambio, y si se daban las circunstancias, pues, vendría entonces la acción concertada.

Gran organismo fue el Grupo de Río. Entró en desuso y fue opacado por la Cumbre Latinoamericana y del Caribe. Como en esta no había consulta, tampoco podía haber concertación.

Ahora, de ambos se pretende obtener un tercero, “Una OEA sin Estados Unidos y Canadá”, pero, ¿será esto cierto o, por el contrario, eso de la unidad de latinoamericanos y caribeños no será, pura y simplemente, sino una vuelta al Grupo de Río? Un mecanismo, o como se nombre, que no tenga protocolos democráticos, ni comisión, ni corte de derechos humanos ni, ¡válgame Dios!, algo tan subversivo como una Carta Democrática Interamericana.

Tampoco estatutos como los de la OEA que, de haber sido cumplidos como se aprobaron en Bogotá en 1948, la democracia en América Latina y el Caribe sería probablemente una de las más desarrolladas y estables del mundo.

En todo caso, esa organización “sin Estados Unidos y Canadá” andará con lentitud. No hay tanta prisa.

Para el 5 de julio de 2011 se convocaron los sobrevivientes de Cancún para reencontrarse en la cuna de Bolívar, a fin de, tentativamente, suscribir el tratado. Flotan las dudas.

sconsalvi @el-nacional.com


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